domingo, 27 de mayo de 2012

Moriré habiendo visto Ushuaia



Ushuaia, al atardecer
Mucha gente vive con la misma ilusión con la que yo vivía, viajar, al menos una vez en la vida a Ushuaia, el fin del mundo. En verdad no me refiero a Ushuaia como el fin del mundo basándome en una idea Europocéntrica del planeta. No tengo en mente las conquistas de los años de oro de los marineros europeos en el continente Americano. No veo el Cono sur como la última frontera. Digo que estuve en el fin del mundo porque una sensación mágica recorrió mi cuerpo al estar allí.


Aeroparque, Bs As, salidas
A veces esperas tanto un momento que cuando llega la hora de saborearlo resulta que no te supone tan enorme emoción como la que habías imaginado. Esto no fue lo que me ocurrió a mí con ésta visita. Nada más facturar mi maleta, fije mis ojos en la pantalla de salidas del aeroparque de Buenos Aires. Se me puso la piel de gallina. Realmente en unas horas estaría en uno de esos lugares del planeta a los que hay que ir antes de morir. La electricidad siguió fluyendo a través de mí todo el tiempo, desgastándome, agotándome, e incluso se acentuó mientras cruzábamos el mar de turbulencias, acercándonos, en nuestra anacrónica aeronave, a la pista de aterrizaje del aeropuerto "Malvinas Argentinas". Los primeros "aventureros" que llegaron a estas tierras, con Magallanes a la cabeza, debieron quedarse alucinados al cruzar por el estrecho que hoy lleva el nombre de su capitán. Un enorme número de hogueras podían ser observadas desde el mar y decidieron llamar a este lugar Tierra del fuego. Los pobladores locales eran quienes las encendían. Desde el cielo del SXXI, y entre las nubes, las hogueras se habían convertido en farolas, todas muy juntitas en las faldas de las montañas de la sierra del Martial y junto a la bahía de Ushuaia, la bahía que penetra hacia el Oeste.


Nave anacrónica
Esperando, Malvinas Argentinas
Cuando me subo en un avión siempre un escalofrío me recorre el cuerpo. Es una sensación que no se me va, no pasa, a pesar de que debería de estar más que hecho a volar por la cantidad de horas que he pasado en el aire. No podía creerlo... ¿ En qué cacharro pretendían meternos? " ¿ Eso vuela?" Volar volaba pero haciendo un ruido espantoso. Fuí caminando hacia la cola del aparato buscando mi asiento y el motor acabó quedando a la altura de mi asiento y mis oídos. El zumbido inicial de puesta en marcha de motores se convirtió en insoportable desde que el piloto aceleró para despegar; perduró hasta el mismísimo desembarco. Un antiguo ingeniero de aerolíneas Argentinas amenizó mi viaje, que de lo contrario hubiese sido un tostón tremendo. Viajaba junto a su sobrino hacia el sur, a visitar a la familia. La Pampa, entre las nubes, la extensísima Pampa allá, abajo, cada vez que trataba de observar el paisaje por el estrecho hueco de ventana que dejaba libre el motor. Campos y campos y campos sin habitar, una estancia allí y otra cientos de kilómetros más allá. La charla se alargó durante unas cuatro horas. Nunca me cansaba ese hombre. Sobre todo, recordaré algo para el resto de mis días: ese discurso social, tan digno, tan humano, que solamente un progresista latinoamericano podría ofrecer. Me gusta escuchar a forma en la que explican sus ideas, me emociona, me pone la piel de gallina.


Sierra
La ciudad más austral del planeta nos recibió con temperaturas moderadamente buenas, cero grados. Para estar tan cerca de la Antártida, y en otoño, esperábamos algo más extremo. Parece que su clima no es tan frío como se pudiera imaginar por su situación geográfica. Eso sí, seguro que si caminásemos semidesnudos como los antiguos pobladores, los Yámanas, los que encendían las hogueras     ( para calentarse, claro), lo pasaríamos algo peor que ellos. Realmente habíamos llegado a un lugar mágico, a un fin del mundo, a una reserva natural de la fragilidad del cristal más fino. Era el fin del mundo porque nada civilizado estaba tan lejos del incansable ritmo del progreso. Era el fin del mundo porque a los pies de la bahía y cerrando los ojos podías imaginar las costas de la inhóspita Antártida de Amudsen o de Shackleton. Era el fin del mundo porque podías ver nadar despreocupado a un león marino o a una foca. Era el fin del mundo porque respirabas aire; aire de verdad y porque no hay una combinación de colores que se pueda hacer de manera más hermosa. Más allá no puede haber nada. Sólo me podría recordar éste paisaje a la obra cumbre de un genio en su máximo esplendor, combinando majestuosamente los azul, turquesa, otoño, blanco antártico...

Canal Beagle
La bahía de Ushuaia se encuentra dentro del Canal Beagle. El bergantín del mismo nombre surco más de una vez estas aguas y en alguna ocasión con el naturalista Charles Darwing a bordo. Todo ello ocurrió mucho antes de las disputas por todos estos territorios entre Chile y Argentina. Unos a un lado y otro al otro del canal. Las disputas vienen de muy atrás y se va llegando a acuerdos-parches en tratados bilaterales. Las disputas se centran en todo lo relacionado con este sur del cono sur. Incluso, parece tener Chile en un cajón, desde hace años, el desarrollo de la población de Puerto Williams para convertirla en la ciudad más Austral del mundo y quitarle el honor a la Argentina Ushuaia; cosas de vecinos... ¿ En algún lugar se llevan bien? En cualquier caso y disputas al margen, el canal es una instantánea constante y panorámica.

Leones marinos




 

Ushuaia fue, durante el siglo pasado, una cárcel. Los presos eran traídos aquí obligándoles a realizar trabajos forzados en el bosque. Eran traídos a un lugar del que no cabía escapar, del que no había retorno posible. La población blanca fue en aumento durante el SXX, y la aborigen en descenso. Los pobladores originales del lugar fueron despareciendo, ajusticiados, incluso, en ocasiones por mercenarios pagados por estancieros ávidos de riquezas. Yo me imagino que el hecho de poner aquí un día un destacamento militar, después una cárcel, más tarde subvencionar la vida de los que vinieran a vivir...tiene un sentido económico y geoestratégico por parte del estado. Por una parte, gana que al tener gente y poblar una zona, hace, de alguna manera, que quede claro que este terreno forma parte de Argentina, que el estado tiene soberanía sobre todo lo que hay aquí. Siempre hay alguien sujetando la bandera albiceleste. Por otra parte, éste es un lugar dónde hay recursos naturales variados por explotar y por descubrir. Nadie querría no custodiar adecuadamente un tesoro tan preciado...

Tren del fin del mundo

Presa de castores introducidos
 La mayor parte de la reserva natural de la Isla grande de la Tierra del Fuego está aislada, es inaccesible. Apartar la vida natural y el curso de las cosas del turista, del curioso, es un gran acierto en mi opinión. Las cosas deben discurrir tal cómo son y no permitir que cualquiera en cualquier momento pueda interferir. Al final las cosas sino no se respetan. Queremos sacar la foto desde el mismo nido del Cóndor, comer al lado de la pareja de focas, sentarnos sobre el tronco de una especie vegetal protegida. Y a la vez nos creemos amantes de la vida salvaje. La vida salvaje no lo es si no vive apartada sin entrar en contacto con la civilización. Las cosas no se conservan así. Deben seguir su curso sin verse alteradas por factores externos ( o lo mínimo posible) tal y como ha ocurrido durante millones de años. Las huellas humanas quedan en este paraje junto con las de las demás fuerzas de la naturaleza. ¿ Por qué es tan importante conservar lejos de los curiosos los parques nacionales? El viento, la lluvia, los glaciares... han esculpido el paisaje, el paisaje que antes llamábamos de cristal fino. Durante milenios ha estado prácticamente aislado de todo contacto con el ser humano (civilizado, en el peor sentido de la palabra). La población animal ha nadado, galopado, pastado con total tranquilidad por estos lares. Pero voy caminando y ese montículo al borde del agua es una antiguo campamento Yámana. A la orilla del río Pipo yacen árboles secos cortados hace décadas y conservados debido al especial clima de la zona. Algún castor introducido en su día con fines comerciales ha hecho presas que dañan el entorno de las especies vegetales y animales autóctonas. Todo cuanto hacemos afecta y mucho a cada entorno en el que nos adentramos. En Ushuaia nos damos cuenta puesto que en éste paraje cada paso deja una huella en el barro que se conserva casi embalsamada por largo tiempo; caminamos por dónde quizás aún no había caminado nadie. La evidencia del efecto que producimos podemos verlo claramente. Somos grandes agentes del cambio climático ó geológico. Quisiera que la naturaleza hiciera su camino para que el planeta pueda al menos conservar un pequeña parte, aun dentro del cristal fino, de tierras cuasivírgenes, para que los que vienen detrás de nosotros puedan decir que estuvieron también en la maravillosa Ushuaia. Que tuvieron la oportunidad de ser parte de un planeta maravilloso y no solo tener que leer, ver fotos o soñar acerca de lo que una vez fue.


Bahía Ensenada

Bahía Lapataia


Faro Eclaireurs
En el parque nacional de La Tierra del Fuego, existe un terreno abierto al senderismo; maravillosa sensación. El otoño dejaba ver sus colores poco a poco y la nieve venía cayendo día a día montaña abajo. La lluvia, el sol, el granizo...el verano no se quiere ir pero el invierno empuja cada vez con más fuerza; sin cesar. Una mañana el lago era azul y manso y a la mañana siguiente gris e indomable. Fran y yo caminamos durante horas al borde de precipicios y acantilados que caían al mar. Los bosques magallánicos llegan hasta el mismísimo abismo o hasta mojarse la punta de los zapatos en las playas de piedras. Subimos y bajamos, ramas de árboles, raíces que salían de la tierra, setos  y olores a frutas del bosque, semillas que encienden las papilas gustativas con su intenso picor, zonas continuamente sombrías, musgos, la tierra tan oscura... al nivel del mar, en las orillas se pueden encontrar montículos cubiertos por cortísima hierba fresca. Las familias Yámanas vivían en éstos lugares, aquí o allá establecieron un campamento. Los Yámanas, pobladores del canal Beagle, eran canoeros, pasaban mucho tiempo en sus embarcaciones pero también de manera nómada pasaban tiempo en tierra firme. Sus canoas surcaban el Canal Beagle antes de Darwing y antes de que el Faro Eclaireurs estuviera en pie guiando por el camino a seguir.
Carancas en pareja
Compartían con focas, cormoranes, leones marinos, carancas... éstas tierras y éstas aguas. Precisamente los Carancas son hoy la imagen del parque nacional de la Tierra del Fuego.Dos aparecen en el escudo uno negro y uno blanco; una hembra, negra, y un macho, blanco, pues cada uno tiene su color. Se pueden ver en pareja y en libertad, compartiendo destino y espacio.



El lago 
El lago en azul












Lago gris
















Todo lo que ven mis ojos al dirigir cada mirada a cada lado quiero que se me quede grabado por siempre en mis retinas, en alguna parte de mi mente. Con cada avión, cada barco que llega hasta éste fin del mundo, ensuciamos, ajusticiamos un poco más un entorno único. Me da casi asco pensar en lo que le hacemos a nuestro planeta y lo bien que viviría  a veces sin nosotros los seres humanos. Se trata de un amor odio. Somos su principal enemigo pero también la única especie que lo ama, lo adora de manera consciente, que le escribe poemas o llora por él. El planeta tierra es un enfermo crónico de bronquitis, con la sangre enferma, la cara sucia y el pelo arrancado a trozos. Puede ( seguramente) que la Ushuaia que veo hoy no exista ya mañana y mucho menos pasado mañana. La fragilidad que observo y su extrema timidez en contraposición al paso firme y seguro del desarrollo hará que momentos como el de ver una foca tranquila jugueteando, en libertad, despreocupada, en el agua pronto sea, probablemente ( en realidad espero que no) una imagen del pasado. Ella está tranquila inconsciente de lo que llega y mejor que que siga así. Yo en mi memoria y en mis grabaciones la veré ya por siempre así libre y confiada; y podré decir un día, antes de morir, que he visto Ushuaia.






lunes, 21 de mayo de 2012

Ahaztutakoen bilduma

Zure hitzak ximeltzen dira,
apurka-apurka,
orain hautsa duten gutunetan.

Sentsurik handiena zituzten esaldiak,
pilatutako letrak baino
ez dira jada.

Kolorea grisa eta grisa zeruan ere.
Zerua irekiko balitz ostadarra agertuko;
ta ostadarra euriaz gozatzen.
Euria bizitzaren sortzaile.

Zure hitzak ezabatzen dira,
apurka-apurka,
orain zahartuta dauden paperetan,
ahaztutakoen bilduman.

Pentsatu beharreko dana, pentsatuta.
Sentitu beharreko guztia, sentituta.
Baina oraindik, zenbait momentutan,
ideien ekaitzaren motorra pizturik.

Sorurik gabeko putzuan,
beheruntz doan bidai eternoan,
loratutako udaberri danak;
ilunpetan desagertuz doaz.

Zure hitzak ahazten dira,
apurka-apurka,
orain galdurik dauden orrietan;
ahaztutakoen zuloan.


jueves, 29 de marzo de 2012

El día del ñoqui en Montevideo. Parte II





Montevideo, tras la refundación por parte del Durangarra Mauricio de Zabala vivió hasta 1829 amurallada. Todo cercado tiene un paso por el que entrar y el único vestigio en pie de aquel antiguo muro protector, ante posibles invasiones, es precisamente la puerta de la ciudadela.

Dimos la espalda a la espalda de Artigas y a la de su caballo y cruzamos la cancela en dirección a la calle Sarandí. La banda de música ataviada con trajes militares clásicos venía en dirección contraria amenizando la mañana de Sábado en Montevideo. La música nos acompañó mientras caminábamos buscando el histórico Teatro Solís. Nos habíamos pasado de largo pero afortunadamente quebrando un par de veces a la izquierda aparecimos justo delante. Símbolo del neoclasicismo republicano uruguayo de mediados del siglo XIX, fue construido durante el periodo de guerras civiles posteriores a la independencia del país. La clase empresarial uruguaya quería destacar política y socialmente y llevaron a cabo el proyecto de construcción de este emblema nacional. Terminaron en 1856. Hoy además de su relevancia local, ha adquirido una gran significación a nivel internacional. Cualquier persona puede disfrutar de las representaciones que se llevan a cabo en su interior debido a que la cultura es entendida como un bien común aquí; si alguien paga lo hace a precios mayormente moderados y accesibles.



La puerta vieja a la ciudadela parece introducirte en un espacio-tiempo nuevo del que no te habías percatado antes de cruzarla. Retrocedes a épocas pasadas; fincas clásicas, de la época colonial, como viejas artistas (glorias ) venidas a menos, empobrecidas, arruinadas, mal maquilladas y con la piel escamada. La belleza está dentro, no se pierde ni se perderá jamás, pero la vida no las ha tratado bien. La plaza Zabala, la iglesia, la plaza de la constitución, tiendas de barrio, santerías, vendedores ambulantes, tabernas de noche dormidas sobres sus propios hombros, con sillas apiladas, recogidas, esperando la caída del sol, caminantes relajados, camiones con más de medio siglo de aventuras...y sobre todas las cosas un detalle... Nunca como en Uruguay he visto apilar y ordenar las frutas por colores y con tanto gusto. Las calles con puestos de fruta son una explosión de color, un carnaval contínuo, un juego de luces acompañado por el sol que invita a sonreír, que alegra el día. Maravilloso.





- ¿ No tienes hambre Fran?
- No, yo todavía no. Prefiero esperar a la hora de la comida. Hoy es el día del ñoqui. He leído en la guía que en el mercado de la abundancia debe de haber buenos puestos para comer.
- Vale bueno, yo me voy a meter algo al buche que aquí huele muy bien. Creo que este es el mercado que nos dijo Imanol cuando nos habló de Montevideo; el mercado del puerto.

Al entrar en éste mercado el frenesí se avalanza sobre tí. Calor, mezclas de olores, gente que pasa, cocineros asfixiados por las brasas, camareros de barra gritando, gente a todo comer...es un laberinto culinario inacabable. Los clientes se suelen agolpar en las barras y en los pocos espacios libres que se ven. En 1868 otro era el destino de éste mercado pero hoy es un variopinto centro gastronómico. Los Sábados llega el momento álgido del lugar y casualidad, era sábado. No faltaba gente de la vecina Brasil: Habían llegado para ver jugar al equipo de futbol del Internacional de Porto Alegre. La noche anterior, Peñarol ( A la postre subcampeón de América 2011) había empatado a cero contra el equipo Brasileño. Venidos de lejos permanecieron con sus colores granates, el fin de semana, de visita en Uruguay. Al final acabé comiendo una salchicha bien bañada en chimichurri; deliciosa.



Los uruguayos son muy amables, muy tranquilos y siempre tratan de ayudarte. Manejan de la mejor manera que saben, y saben hacerlo fenomenal, la mochila de las contantes crisis y desgracias que ha sufrido su querido país. Los contrastes se van hacinando en la calle. La muestra más palpable la tenemos en el acristalado edificio Antel. Con sus 150 metros de altura domina la ciudad. La pudimos divisar desde que salimos por uno de los laterales de la Ciudad Vieja. Una cuchillada azul al cielo en el horizonte. Rápidamente se me vino a la cabeza un idea: siempre no se puede culpar a los políticos y gobernantes ( ¿ visionarios?) de tratar de fomentar proyectos que muestren la vocación internacional y vanguardista de una sociedad ¡¡ Pero es que muchas veces no se acierta!! Me gusta más la idea que parece haberles surgido aquí también, de retomar la vida en las zonas antiguas de la ciudad y colorearlas con vida; maquillar y descamar los edificios envejecidos. Sin llegar a apartarlas cual anciano que parece molesto y dejarlas morir pendientes de recalificaciones y pelotazos millonarios sonrojantes y desvergonzados.


¡ Y qué decir de la antigua estación Artigas de ferrocarril! ¿ Quién abandonó éste regalo para la vista? Ferrocarriles varados y oxidados descansan sine die de retorno a la actividad sobre vías catalépticas y ensombrecidas por la hierba que crece y crece y las va cubriendo. Ninguna capa de abandono ni de olvido hará que para mí, en mi cabeza, siga siendo la estación central de Montevideo. A éste lado del río de la plata, éstos proyectos retomando el legado cultural, probablemente ganarán importancia en los tiempos venideros.





Para ser Otoño, el calor era demasiado protagonista en aquel Sábado. Las largas avenidas que rodean el centro de la capital se nos hicieron eternas. Una vez de vuelta al casco urbano las sombras nos aliviaron, así cómo la panadería abierta ( al fin un comercio por esta zona) con agua fresca esperándonos. La dependienta nos clavó los ojos tras escuchar nuestro "extraño" acento; sin duda fue la anécdota que contar en aquella aburrida tarde por aquel barrio.

La casa de la "democracia", el parlamento, estaba en medio de una plaza muy abierta, haciendo una especie de isla entre carreteras. Me encantó sobre todo el tono gris del edificio. Oscuro. También me gustó su diseño clásico, imitando el arte griego. Senadores y diputados debaten aquí sobre los asuntos del país. Los diputados totales son 99. ¿ Por qué 99?


La clase política está fatal...está de rebajas ésto de ser representante de la sociedad. A lo largo del mundo es una especie degradada e imagino que no lo es menos en Uruguay. Una nación ésta sacudida históricamente por dictaduras, tiranos, demagogos, aprovechados... por eso, en mi opinión no está de más la dignidad que aporta el presidente de la república, el exguerrillero Tupamaro, Pepe Múgica. Saliéndome de ideologías y colores, sólo comentar un detalle que me apasiona: nunca ha abandonado su vivienda, su casa, para trasladarse a la lujosa residencia presidencial. Sigue residiendo en el humilde barrio de siempre.

Mis pensamientos me había abstraído de tal manera que aparecimos de repente delante del hotel nuevamente. Quería subir a por un jersey para la tarde y Fran que no podía aguantar más. Se adelantó unos pasos para ir pidiendo la comida. Por fin íbamos a probar los ñoquis en el día del ñoqui. Nos citamos en el "mercado de la abundancia" sujetando un mapa cada uno.

martes, 14 de febrero de 2012

MENDIAN GORA. Leungane



Las montañas quizás un día crecieron hasta el cielo en Euskal Herria pero eso fué hace mucho mucho tiempo, ahora bajaron para mostrarnos su majestuosidad. El viento, la lluvia, la nieve... las han desgastado y afilado dejando brutales vacíos y abismos, terribles pendientes y grandes desniveles que se libran en pocos kilómetros.

Dominando la sierra de Aramotz tenemos a Leungane, 1006 metros sobre el nivel del mar; dentro del paraje kárstico de parque natural de Urkiola.

El coche fué llevándonos por la carretera de serpiente del valle de Arratia, hasta Dima. La nieve había dejado las cumbres para acercarse hasta el mar y contra más nos adentrabamos mas helado era el paisaje. El blanco dominaba. El objetivo era la cima pero también hundirnos un rato en la nieve, al menos hasta la rodilla; así lo hicimos. La nevada de los últimos días había sido tremenda, con lo que llegar a la cumbre nos cotó más de lo esperado. Según íbamos ganando altura comenzamos a divisar las cimas y los valles del entorno: Mugarra, Gorbeia, Anboto, Arratia arana...un paraíso teñido de blanco por el invierno.




Mirar aquí y allá era una pasada. Cualquier instantánea que sacábamos se convertía en una estampa inolvidable. Estábamos ante un capricho polar efímero y pasajero. Los árboles estaban tallados en hielo, tejados sobre las paredes de las calizas rocas labrados en nieve por el viento, algún tímido rayo de sol se rompía en todos los colores del arco iris.






Cuando llegamos a las zonas más descubiertas ya cerca de la cima el frío llegado del norte nos golpeaba y empujaba. La cima está al final de una columna vertebral estrecha con caída a dos valles. ¡ Qué día tan poco apacible! Tras la foto de la conquista del alto bajamos buscando el refugio de la cara sur, por donde se oye pasar el gélido cuchillo ártico, amenazante, pero donde ya no nos alcanza.







Aprovechando la pendiente caída nos dejamos llevar por nuestros instintos más infantiles y recordamos aquellos maravillosos días de la niñez dónde patinábamos losdías de invierno con las bolsas de basura que nos conseguían nuestros padres ¡ Qué divertido es patinar por la nieve! Y cómo me gustan los paisajes nevados.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Gaizka Bilbao; Ahaztutakoen bilduma






Ésta es la carta que acompañaba al regalo de boda del exmiembro de Ahaztutakoen bilduma, Gaizka Bilbao. Un homenaje, un detalle, a un gran amigo y compañero en muchas batallas.

Hay días en que me planteo el porqué la vida te hace recorrer veredas y senderos, dar vueltas y más vueltas sin un aparente sentido.

En Octubre de 2008, hoy hace tres años, sabiendo ya que abandonaba el Castellón que tan bien me había acogido, para siempre, escribí una canción para Ahaztutakoen bilduma. Volvía a casa, a Etxebarri, y ese antiguo proyecto de cuatro amigos haciendo ruido en un garaje volvía a tener sentido; el grupo podía volver a sonar. La canción hablaba de lo que dejaba atrás. No la terminé.

Mi aventura había comenzado 5 años antes, con una maleta llena de sueños y un billete para Holanda. Estudiando allí conocí una chica con la que salí durante años. Vivimos después juntos en Castellón y un día terminó. Todo empieza y todo acaba alguna vez (esto es algo que cuesta entender en la vida). Me sentí frustrado; tanto caminar, tantos años juntos, tantos kilómetros recorridos para seguir viéndonos mientras estuvimos viviendo uno lejos del otro…De eso precisamente hablaba la canción que después compuse. Si no la terminé fue porque faltaba una pieza para el puzzle, algo que le diera sentido, y no lo encontraba. Para que a una persona le llegue la inspiración hace falta un chispazo, en empujón, un chasquido de dedos ó un sopapo mejillero.

Aquel inspirador Octubre de 2008 supo seducir al sol del verano y su calor. Se alargaron los días estivales hasta bien entrado el otoño. La chica con la que había compartido los años anteriores me invitó a pasar un día en la playa. Siempre queda esa última esperanza que nos dice que quizás las cosas bien pudieran ser arreglables…Casi nunca lo son después de una ruptura muy sentida. Ella llevaba puesto un colgante que yo le regalé. Era mío, de cuando yo era niño, era casi mi tótem; regalo de los aitas, de plata, algo sucio, marcado por el tiempo. Estando en el agua, tras un gesto algo brusco, resbaló por su cuello y acabó cayéndosele. Yo salté desesperado y escarbé a ocho manos por encontrarlo pero las olas que iban y venían lo enterraron para siempre bajo la tierra de Castellón. Ya nada nos unía, ni tan siquiera eso. Para mí fue algo simbólico. Aquel colgante que siempre se salvó de mil contratiempos, que se perdía y casi mágicamente volvía a aparecer, quedó enterrado con otras muchas cosas que quedaron allí. El sol se escondió poco después entre las montañas. Yo me quedé cerca del mar un rato más, pensativo.

Sobre esos días, en Octubre, varios amigos vinieron desde Bizkaia a celebrar mi despedida. Nos juntamos con gente con la que había entablado mucha amistad en aquellos años fuera de casa. Con ellos celebramos el adiós. Tras una de las noches de fiesta, en una playa de Valencia, al alba, Inma y Gaizka se besaron por primera vez. Se habían conocido aquel mismo día y ya nunca más se separaron. Lo que podría haber sido un efímero y olvidable beso no fue sino la pieza perdida de su puzzle, su chasquido de dedos, su momento más especial. Así llegó mi inspiración y así pude acabar yo también mi canción. Ahora sí tenía ese eslabón que me faltaba.

No hay nada más reconfortante en la vida que saber de la felicidad de la gente que quieres. De la frustración que sentía pasé a la esperanza, sonreí. Yo y mi historia habíamos sido sin pretenderlo y sin saberlo el nexo de unión entre dos amigos de lugares lejanos. Que todo haya acabado en una verdadera historia de amor hasta que la muerte los separe, pienso que da sentido a todo mi camino. Estoy lleno de esperanza.

Ya no recuerdo el nombre de la chica que perdió mi colgante en las arenas de Castellón, aunque éste sigue allí. Allí siguen mis amigos, siguen los ecos de las risas de los felices años que pasé, la pareja enamorada sigue también y cómo no, flota en el aire la melodía de la canción que por fin terminé. Cómo he dicho el último acorde lo pusieron Gaizka e Inma y esa canción para ellos es.


Durango, a veintisiete de Octubre de dos mil once.






sábado, 5 de noviembre de 2011

Mendian gora, Mugarra.



Cuando ante ti sólo hay vacío, una vista que podría tener un pájaro en pleno vuelo; cuando si lanzases una piedra hacia el horizonte no la oirías ni caer y mucho menos la verías ( ni la mirada más atenta podría seguir el final de su parábola); cuando delante de las puntas de tus pies una línea divide el abismo de la roca, sientes vértigo. Mugarra bien podría significar ascensión vertical o rampa hacia el cielo.

No llegaremos a demasida altitud. Ni tan siquiera es una subida excesivamente larga. Simplemente es un camino de naturaleza brutal, de derroche físico, de sudor en la frente, de bocas abiertas y de mirada al suelo. Es un camino de rostros desencajados y arrugados. Después, al llegar arriba, tus ojos te pueden llevar hasta allá dónde se pierde hasta el horizonte, a lo más remoto.




Ese vértigo, llega al asomarte desde la cumbre hacia las demás atalayas que adornan el paisaje del entorno. Torres de vigía, moles cársticas labradas y agujereadas por el agua durante miles y miles de años, puntas de lanzas sobre verdes faldas en invierno y en verano; bucólicos prados, exhuberantes de naturaleza fresca, viva. Un caserío aquí y otro allá. Pecas blancas que no son sino ovejas pastando.



Nos preguntamos desde lo alto cuánto habrá cambiado éste paisaje desde que los primeros pobladores llegaron aquí. Probablemente, salvo esa cantera que muerde y desangra la montaña, lo que ellos vieron en su día no sería muy diferente.

Nos vamos, el viento sopla fuerte aquí, tan al descubierto. Trae nubes que presagian lluvia o quizás tormenta de verano.