domingo, 20 de enero de 2013

Arribar a los pies de Las Torres

Paisajes de ensueño
Bajo la atenta mirada de la Cruz del Sur, nuestro microbús recorría los interminables caminos de tierra y grava de la Patagonia Chilena; una extensa red de carreteras que no vienen de ninguna parte y no se dirigen a ningún lugar. El aire está tan limpio y la contaminación lumínica tan escasa, que, en la oscuridad de mi asiento y a través del cristal disfrutaba de un paisaje cósmico absolutamente cautivador. La única luz la ponían las estrellas y la luna, pintando de cano las estepas patagónicas; es un bello desierto, salpicado de vez en cuando de alguna estancia aislada.

Estepa patagónica
Aterrizados
 La velocidad a la que circulábamos por las pistas era considerable. Levantábamos una gran nube de polvo al pasar y las chinas del camino golpeaban constantemente contra los bajos del vehículo. No hay coche, todoterreno, autobús sin su pertinente cristal roto...no todas las piedras golpean debajo, dónde la estética carece de importancia y la máquina está preparada para recibir impactos... Estaba tapado con un cortavientos, al igual que Fran; ambos nos habíamos quedado destemplados y la calefacción no nos hacía reaccionar. Nos movíamos de un lado a otro, cambiábamos de postura, nos poníamos música, nos quitábamos la música... La parada que hicimos para tomar un café y un tentempié, una empanada de carne, fue lo que mejor nos sentó. Nos vinimos arriba. Aún no habían dado las 6 de la mañana.

Ninguna parte, ningún destino
Carreteras complicadas
Cuatro estaciones
En el Sur del sur de América las distancias son enormes y la población escasa. Magallanes es la región más grande de Chile y prácticamente la más despoblada. Se encuentra aprisionada entre Los Andes y el Océano Pacífico, cómo el resto del país, y no dejan de golpearla constantes y agresivos cambios de tiempo y de temperatura. Una persona puede vivir en las cuatro estaciones del año en un mismo día.

Transitando hacia el oeste el amanecer nos fue alcanzando ya cerca de la entrada al Parque nacional de Las Torres del Paine. El viento era fuerte, probablemente de más de cien kilómetros por hora y desafiándolo manadas de Ñandúes y Guanacos pastaban a la intemperie ajenos a nuestro anecdótico paso por sus dominios pero siempre atentos a un posible ataque del Puma. El Condor, dueño y señor de las cumbres graníticas del macizo del Paine, surcaba el aire con sus poderosas alas extendidas...por un momento se me vinieron canciones de Victor Jara a la cabeza...


Despertando
Mate
Un indígena Mapuche que nos acompañaba como guía pasó a los asientos traseros la "calabaza " y la " bombilla " para que degustaramos mate y bebí por primera vez la amarga bebida. Me quemé el paladar y los labios pero no dejé de seguir saboreándola cada vez que me ofrecía repetir. Mientras vaciábamos el termo de agua hirviendo y el bus traqueteaba,  iban surgiendo conversaciones animadas acerca del parque, de Chile, de la naturaleza, de sus proyectos de futuro como guía...él era aproximadamente de mi edad pero el sol, el viento, el frío...le habían marcado y envejecido la piel.  De pronto, a un lado del camino apareció una laguna llena de Flamencos y dió una señal al conductor para que parara y nos pudiésemos bajar. Nunca los había visto en libertad. Se apoyaban sobre una pata, tal como los había visto en documentales, y su rosa contrastaba con el entorno, de colores mucho más apagados. De pronto uno alza el vuelo, y otro, y otro más que le sigue, y una explosión de color llena el cielo de éste alejado rincón del Cono Sur.

El Condor

Flamenco
La entrada, la portería, del Parque nacional de Las Torres del Paine cada vez estaba más cerca. La reserva formaba parte de la lista de las protegidas por la UNESCO desde 1978.

http://www.unesco.org/mabdb/br/brdir/directory/biores.asp?code=CHI+03&mode=all


Guanacos

Ñandúes pastando
 La primera vez que oí hablar de Las Torres del Paine fue durante unas vacaciones en Grecia. Fran y yo, los mismos personajes que compartiríamos las vivencias Patagónicas, tomábamos un café en un viejo ferry que nos llevaba a las Cícladas, a Mykonos concretamente. Un chico de perilla y pelo rizado se nos sentó al lado y al oírnos hablar en Castellano se introdujo en la conversación. Estudiaba en Italia y venía acompañado de un amigo al cual no encontraba. Al final nos juntamos los cuatro. Tratar con ellos era sencillo y agradable. Hablamos de muchas cosas y disfrutamos de un par de días juntos. Ya les llegaba pronto la hora de volverse a Chile, su país. Estaban apenados pues en breve dejarían la vieja Europa pero a la vez se les veía con ganas de volver a casa. Entre las cosas que nos recomendaron cuando los ojos, los pensamientos y las palabras se les llenaron de su país ( maravilloso país), destacaron éstas fantásticas Torres. Yo creo que cuando nos despedimos de ellos ya habíamos decidido que nuestro próximo viaje tendría parada allí. Sin duda, cuando tuvimos delante el espectáculo de piedra con las primeras luces del día, les dimos toda la razón a aquellos magníficos compañeros casuales. Presenaciábamos una obra de arte indescriptible e irrepetible. 

Paradise, Mykonos

Las Torres
En el parque, nos encontrábamos en un extremo del Campo de hielo Patagónico Sur. El mismo se va descomponiendo y ramificando en glaciares que dan un toque de blanco, azul, gris... al cuadro panorámico que aparece ante los ojos. Este campo de hielo es una extensísima altiplanicie blanca dónde las condiciones climáticas son extremadamente rigurosas. Si tiro de recuerdos, aquí y allá, una de las cosas que más me han llamado la atención de acercarme a una zona de glaciares es que, según te vas aproximando, el glaciar parece ir enfureciéndose más y más. De pronto sopla el viento, con fuerza, te arrastra, te echa de los dominios del monstruo de hielo. Todos los elementos parecen aliarse para alejarte del lugar, para advertirte de algo. Supongo por tanto que es algo inherente a éste tipo de lugares, son zonas salvajes.

El día lo pasamos escuchando las explicaciones de nuestro guía Mapuche acerca del parque. Lo que más se me quedó grabado de todo lo que nos contó fue el peligro que corría el entorno debido a los incendios provocados por visitantes. Nos habló de varios y se nos encogió el corazón a todos. Pensar que un simple ser humano podía devastar una hermosura como la que teníamos ante nuestros ojos, no ya intencionadamente, sino incluso por un mero descuido... Es un auténtico drama, la verdad.

Bajamos definitivamente de nuestro transporte en la portería de Laguna Amarga. Volverían a recogernos cuatro días después.

Primeros pasos
Habíamos hecho grandes esfuerzos para llevar con nosotros el mínimo de ropa, y en general, de peso. Sin embargo, ya a las primeras de cambio nos empezamos a quejar de la carga que portábamos; lo mínimo necesario para pasar 5 días caminando por la montaña, dispuestos a enfrentarnos a todo tipo de cambios de tiempo. Al menos eso creíamos, que llevábamos lo que nos hacía falta, pero pronto nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado de algo. No llevábamos nada que nos ayudara a impermeabilizar las mochilas. No habíamos caído en la cuenta y al final nos acabó pasando factura...

El sol, después de las cinco de la tarde se escondió tras los picos del entorno, algunos de más de tres mil metros de altitud, afilados y esbeltos. Entonces fue cuando empezamos a notar el frío que llegaba arrastrado por una fina brisa. Aceleramos el paso, dejando atrás un estrecho puente colgante de hierro que marcaba el inicio de la ascensión con la que comenzaríamos nuestra ruta. Nos quedaban unas dos horas de camino hasta nuestro primer destino: el Refugio de Las Torres. Ya estaba olvidada la incomodidad que nos producía cargar con nuestras cosas a la espalda.

Mapuche
Primero, con un sonido monótono y lejano, y poco a poco cada vez más cercano, nos dimos cuenta de que algo o alguien se acercaba. Eran unos huasos montando unos elegantes y altos caballos chilenos de color marrón oscuro. No portaban chupalla sino una boina azul, ribeteada artísticamente en blanco; se habían abrigado, habiendo visto que la noche llegaba, con ponchos de lana. El rostro, de semblante serio y piel oscura, marcado en largas horas al sol, en su vida nómada. Saludaron mostrando rigidez en el gesto pero sin perder su elegancia innata, para con paso suave pero constante ir desapareciendo por las empinadas veredas.

Cenando
No llevábamos absolutamente nada de comer encima. Comenzó a aparecer el hambre. La penumbra se estaba adueñando de todo el entorno y empezaba a costar distinguir las cosas a cierta distancia. Entonces a lo lejos, de un color más claro, aparecieron unas manchas que acabaron convirtiéndose en barracones. Los barracones donde pasaríamos la noche, habíamos llegado al refugio.

Una de las cosas que recuerdo de mi paso por la Patagonia Chilena es que siempre tuve hambre y frío; se me quedó grabado. Teníamos poco dinero en efectivo y en ningún lado admitían otras formas de pago. Con lo justo llegamos al final del recorrido. Aparte, ninguna ropa aguanta la virulencia con la que el tiempo te golpea en ésta zona del mundo. ¿ Y en los refugios? En los refugios, en determinadas zonas de los mismos y durante las horas del día, se estaba bastante bien, pero cuando caía la noche y las estufas se iban apagando... Todo ésto no hizo más que convertir en épica nuestra visita a las tierras del Fin del Mundo.

Entramos por la puerta del refugio después de un día de viaje. La estufa aun estaba encendida en el comedor y nos sentamos allí esperando a la cena. Fuimos los primeros en empezar a comer puesto que ya el hambre se había convertido en insoportable para nosotros.

Cuando acabamos con todo lo que había en el plato y nadie introdujo más leños en la estufa para que ardieran y siguieran calentando la fría noche andina, me sentí tan helado e incómodo que, a pesar de decidir acostarme, y además, encontarme cansado, no conseguí concentrarme para poder dormir. No me quité ni las botas por miedo a que se me congelaran los pies.

De todas maneras, sólo la ilusión de estar dónde estábamos y las ganas de disfrutar de unos grandes días de montaña, aventura, naturaleza y épica hacía que superara todos los malos pensamientos y sentimientos. Bajo la insuficiente protección del saco de dormir lucía una amplia sonrisa, con la mirada, que sacaba por un estrecho hueco destapado, bien fija en el techo. El reproductor de música se quedó sin batería y se apagó. No me moví ni para comprobar si eso era lo que había ocurrido, no quería perder el escaso calor que había acumulado, y esperé tranquilamente a que el olor del café recién hecho me anunciara que era la hora de levantarse.

Las botas fuera del saco

domingo, 18 de noviembre de 2012

Meteora, cerca del cielo. Parte I

Meteora
Mientras atravesaba la árida y bastante desolada llanura de Tesalia, recordaba la primera vez que supe algo acerca de Meteora... En el salón de mi casa, estaba la primera tele a color que tuvimos, una Sanyo; yo era un niño. En la pantalla, pasaron un anuncio: Unos monjes jugaban al fútbol acrobáticamente. Estaban dentro de un convento que se hallaba elevado sobre una roca, casi en las nubes. De un pelotazo, el balón salió despedido por una ventana y cayó al vacío. No había manera humana de ir a buscarlo puesto que vivían incomunicados y aislados del mundo.

Durante años, pensé que el lugar dónde los monjes jugaban con la pelota era inventado, era un enclave que sólo existía en la ficción, en la mente de un fantasioso e imaginativo creador de anuncios para televisión. Sin embargo, un día, un documental me los enseñó de nuevo. Eran los monasterios dónde aquellos monjes praticaban fútbol. Realmente su belleza nos podría llevar a pensar que se trata de un paraíso perdido, de un lugar inventado para cuentos de niños. Recuerda a paisajes de otros mundos, demasiado bellos para ser reales.

Tesalia
En verdad, podría haber vivido con aquel primer recuerdo toda mi vida; pensaba en ello de vez en cuando, sí, eso es cierto. Pensaba en el anuncio, en los monjes, en aquel balón que caía al vacío... por lo que fuera me gustó y se me quedó grabado. Pero no hubiera tenido la necesidad de haber pisado este lugar puesto que, para mí, cómo decía, no existía en verdad, en éste mundo. Por contra, era Agosto de 2009 y me encontraba ya atravesando La gran llanura de Tesalia, tierra de la magia, dónde Lucio, el graciosísimo protagonista de " El asno de oro" ( Apuleyo, S II D.C) vivía infinidad de aventuras buscando la solución a un embrujo que le había caído en sus ansias de encontrar "lo desconocido". Conducía por parajes con mucha historia.



http://es.wikipedia.org/wiki/El_asno_de_oro

http://www.ua.es/personal/mm.martinez/histadmjust/asnooro.pdf

Bien de mañana, Cathy y yo habíamos alquilado un coche en el centro de Atenas.  Sabíamos que había unas cinco horas de camino hasta nuestro destino y nos pusimos en marcha tan pronto como pudimos. El alfabeto Griego, bastante diferente al nuestro, nos despistaba bastante a la hora de tratar de seguir correctamente las señales. Aun así, conseguimos ir saliendo poco a poco, y con paciencia, en dirección norte, de la caótica capital Griega.

A medida que vas esforzándote en leer palabras o pequeñas frases en Griego, y escritas en su alfabeto, claro, te vas familiarizando con cada letra y asociándola a su equivalente en nuestro alfabeto. Es un juego que engancha, letrero en la autopista y tú: a pensar... esta letra es tal y la otra cual...y así todo el rato. Al borde de la neurosis. Jugando, jugando, descifré Atenas ( Athina),  Larissa y otros nombres de ciudades. Los kilómetros iban cayendo y los ratos en que decaía la conversación con la bella Catherine, yo volvía a mi juego.

- Te..Teeeer... ¡¡ Qué difícil es ésta, joder!! Teeeer, Termo...TERMÓPILAS!!!

Θερμοπύλαι

Acantilado de las Termópilas
¡  Vaya! Habíamos descubierto al borde de la carretera y sin pretenderlo el lugar dónde discurrió la histórica Batalla de las Termópilas. A pesar de no estar seguros de que nos encontrábamos en el lugar que creíamos ( ¡¡ Cómo iba a estar apenas sin señalizar al borde de una carretera!! Pues lo estaba), cogimos la salida de la autopista dónde figuraba escrito Θερμοπύλαι. El juego parecía que me iba a dar un fruto inesperado, ó de hecho, ya me lo había dado, y así se confirmó, cuando nos acabamos encontrando, en una explanada, con el monumento a Leonidas I, Rey de Esparta y líder de Los trescientos.

Leónidas I de Esparta
Se ha escrito mucho acerca de ésta batalla ya desde la antigüedad. El mismísimo Herodoto, padre de la historiografía, fue uno de los que lo hizo con más pasión. Todo ello ha contribuído a crear una gran leyenda sobre lo que ocurrió y hoy en día es prácticamente imposible distinguir lo que realmente ocurrió de lo que son cuentos ó exageraciones propias del acervo popular Griego.

Leónidas y los suyos aguantaron varios días en un estrecho paso entre el mar y las montañas ante el ejército más numeroso y de más poder de la época; el ejército Persa del Rey Jerjes I. Ampliamente superados en número, por la valentía, la tenacidad, la entereza y la solidaridad con la que combatieron, pasaron a la historia como auténticos héroes. Atendiendo a lo que parece que realmente ocurrió, la batalla se desarrolló en un paso estrechísimo, entre un acantilado y la costas del golfo Malíaco, situado al este de Grecia. En su día este paso no tenía más 100 metros de anchura, si bien hoy, debido a los procesos climáticos y geológicos el mar está a más de un kilómetro de distancia de las montañas. 

Nos quedamos de pie frente a la estatua de Leónidas, en silencio, unos minutos, cómo rindiéndole tributo a él y a sus compañeros, aquellos días. Todos perecieron tras ser vendidos por un traidor, que enseñó un paso secreto entre las montañas a los persas, con el que atacar la retaguardia Griega, pero dificilmente serán olvidados, ni por su pueblo, orgulloso de su coraje, ni por la historia universal.

Para alcanzar La gran llanura de Tesalia desde la costa Este, hay que atravesar una cadena montañosa, y ya al final, cuando la carretera comienza a serpentear, cuesta abajo, y a fundirse, bajo el intenso sol de la Grecia Central, en herraduras, aparece ante los ojos la fértil altiplanicie. El paisaje se vuelve monótono y  las innumerables gasolineras abigarradas ponen color a los bordes del camino. Son tierras llanas y de vías rectas, que no dejan nunca de estar en obras, interminables. De vez en cuando aparece amenazante algún radar que controla la velocidad de los vehículos de la vía, pero nunca funciona ninguno. Unas pequeñas reproducciones a escala de iglesias ortodoxas van surgiendo, a cada paso que das, en semáforos, cruces...significa que alguien murió ahí en accidente de tráfico. Grecia tiene una de las más negras tasas mundiales de humanos que mueren cada año en carretera.

Carretera que serpentea hasta Tesalia
El agua que nos quedaba en las botellas empezaba a estar demasiado caliente para ser bebido y que nos consiguiera refrescar. Me parecía que nunca íbamos a llegar a nuestro destino, cuando al fondo apareció primero una pequeña mancha, luego un montículo para poco a poco acabar siendo un conjunto de torres de arenisca surgidas del suelo, hasta los siescientos metros de altitud, en un lugar dónde parecía imposible que pudieran estar. Una vez que se te plantan delante de tus ojos se te hace imposible apartar la mirada. Existen varias teorías que explican cómo se formó el enclave en cuestión, desde las más disparatadas hasta las más científicas y racionales. Lo dejaremos en que fueron los elementos, a lo largo de un trabajo de millones de años, quienes nos modelaron éste paisaje. Sin duda es un trabajo fino, de artseano, digno de las manos de los mismísimos Dioses, que convierte en la distancia a las rocas de arenisca en suaves algodones grises.

Lo más inaccesible posible
 Toda ésta magia que rodea, en la tierra de la magia, al lugar, lo sugerente del enclave, el misticismo que lo envuelve... probablemente fue lo que hizo a los primeros ascetas y hermitaños establecerse aquí en algún momento del Siglo XI. Más tarde, hacía el Siglo XIV, las más aisladas, escarpadas, solitarias e inaccesibles cumbres empezarían a ser testigos de la construcción de monasterios y conventos en las mismas. La búsqueda de espiritualidad así como la convulsión política y religiosa que se vivía en la época, habrían sido los detonantes que motivaron a construirlos de ésta manera y en éstos lugares. En su día llegaron a ser veinticuatro los monasterios pero en la actualidad sólamente cuatro se mantienen como hogar de órdenes religiosas. Meteora está protegido por la UNESCO desde mil novecientos ochenta y ocho.

http://whc.unesco.org/en/list/455

Paramos nuestro coche en Kastraki, un pueblecito a los pies de las paredes de roca, que bien pudieran ser el destino de aficionados a la escalada. La siguiente noche la pasaríamos en una Villa Griega rodeada de árboles frutales y flores. Rodeada de paz y de silencio, sólamente roto por algunas cigarras que cantaban al calor estival. Seguro que existiría otro mejor, pero en aquel momento me pareció el lugar más agradable y tranquilo del mundo para descansar.

La Villa Griega y nuestro coche


Al pie de las paredes de roca
Todo aquella tarde parecía ser perfecto. Me encantó el lugar al que fuimos a tomar unas cervezas al atardecer y el lugar dónde cenamos después. Primero una Mythos y después una Alfa, acompañadas de olivas, debajo de unas parras mientras el día daba sus coletazos finales en la Grecia central.

Cuando ya, realmente, el sol empezó a caer, se encendieron las luces de los portales de las casas de Kastraki y los abuelos se fueron junto con las sombras que viven debajo de los árboles que les cobijan cada jornada. Los niños daban las últimas patadas al balón en las plazas del pueblo mientras sus madres se afanaban en convencerles de que había que volver a casa. Algún pequeño desobediente se acabó llevando un tirón de orejas por no hacer caso a tiempo. 

Alfa
Bajo las parras...
Tras ocurrir todo esto en Kastraki, haciéndose ya notar la noche,  los hombres tomaron las mesas y sillas de madera de las tavernas y se sentaron acompañados de un vaso de Ouzo o una cerveza y de al menos otro Griego con el que compartir una charla sobre política. También había alguno que bebía en soledad, pero eran los menos.

En lo bares griegos sólo se enciende la televisión cuando pasan fútbol, noticiarios o debates de interés general. El discutir de política está enraizado en la sociedad; no sé si serán lo herederos de los animales políticos de la antigua Grecia, creadora del pensamiento occidental actual, pero al menos a mí me gusta pensar que sí. Discutir sí, discuten, pero de manera relajada y educada, sin perder nunca las formas.

Dejamos nuestra pero aún la taverna no estaba vacía y ya había pasado la media noche...

Debate relajado

Los menos beben en soledad

miércoles, 22 de agosto de 2012

El día del ñoqui en Montevideo. Parte III

Faro de Punta Brava


" - Son ñoquis al natural.
- ¿ No podías haberme esperado para comer juntos?
- ¡Tenía mucho hambre y has tardado una barbaridad!"

Yo me había imaginado el mercado de otra manera. Un lugar público repleto de gente, bullicioso, con tiendas por todos los lados y tenderos ávidos por ser los primeros en hacerte ver que su producto era el más barato y el mejor. En verdad, el mercado de la abundancia, era un lugar más bien tranquilo, con pequeños restaurantes que mezclaban sus mesas y sus sillas en un patio, bajo una tejavana, sustentada por una estructura metálica de hierros entrecruzados. Me dejé el plano de la ciudad en el hotel, pensé que con memorizar la calle y el no muy largo recorrido que tenía que completar, bastaría; me acabé por arrepentir, al menos por unos instantes. Por fortuna, enseguida me situé y pude encontrar el lugar.

A la zona de restaurantes se accedía subiendo una escalinata en forma de media zeta. Ya arriba, se respiraba un ambiente relajado. Encontré a Fran sentado en una mesa con mantel de cuadros rojos y blancos, serio, debido al cansancio acumulado y al insoportable calor que llevábamos padeciendo desde bien temprano.

Los cilindros de patata estaban salpicados por tomate natural, aceitado, cortado en cuadraditos. Al lado, nos dejaron un bol con queso rayado y más tomate, para poder servirse más, menos o nada según los gustos de cada cual. Me supieron a gloria, como a gloria me supo la cerveza fría que recorrió mi interior refrescándome divinamente. Un día del ñoqui comiendo ñoquis¡ Cómo no!

Una vez acabada la tan esperada comida del 29 de ese mes de Abril, pude fijarme un poco más en la estructura que me rodeaba. El edificio tenía toda la pinta de estar construído a principios del siglo XX, por aquello de la estructura metálica. Claro, que yo no soy ni mucho menos un experto, y podía estar equivocado, aunque me resultaba familiar, en cuanto a que había visto alguna vez edificios de corte similar. Tenía alguna vidriera bastante grande, de colores, y formando dibujos a los lados, y estaba sostenido por unas columnas a ratos grises y a ratos negras. Parecían una piezas de ajedrez  puestas en medio del tablero para la partida de unos gigantes. Pocos comían alrededor nuestro, quizás por la hora ( Las 3 de la tarde) o quizás por alguna otra razón que desconocíamos. Algunos puestos se encontraban sin servicio, al menos visible, y en el más alejado de todos, un camarero, vestido con camisa blanca, se apoyaba en la barra y departía con un cliente de café, mientras al mismo tiempo clavaba sus ojos en la televisión que colgaba ante ellos.



Salimos, de nuevo, al calor del otoño Montevideano. Nos pusimos a buscar un taller de bicicletas, que parecía estar bastante cerca, según una guía de viajes que llevábamos con nosotros en una mochila. La idea era alquilar una bici y pedalear hasta los últimos rayos de sol de aquel día 29. Del mercado al taller todo era una recta de varias cuadras.

Del fondo de la lonja apareció, cubierto de grasa, un joven metido en un buzo azul. Descolgó de la pared un par de bicicletas todoterreno, nos sonrió, nos explico las reglas para poder usarlas y accedimos a devolverlas antes de que cerrara la tienda. Nos lanzamos calle abajo buscando el malecón que recorría la orilla del río de la plata. El río más ancho del mundo tiene siempre la piel oscura, incluso aquí, ya cerca de mar abierto.


El sol lucía en todo su esplendor. La rambla costera se veía acompañada de una ligera brisa que hacía de ella un lugar muy agradable. Íbamos pedaleando y conversando relajadamente, sobre ésto y sobre aquello. El lugar se prestaba a ello. Poco a poco fuimos dejando barrios y playas atrás. El destino final de nuestro paseo era la playa de Pocitos. Nos dijeron que era conocida así porque antiguamente las lavanderas hacían pozos en ésta zona para limpiar las ropas. Todos los nombres, esta claro, se ponen por algún motivo, aunque a veces el mismo queda oculto por el tiempo. Aquí, al menos, la gente parecía recordar cual era el motivo exacto por el cual el barrio se llamaba de tal manera.



En la playa de éste poblado barrio Montevideano, encontramos gente que se había acercado a la misma para disfrutar de las últimas horas de sol. Un par de amigos departían mientras bebían mate (¡ Siempre el mate!), una joven pareja se besaba apasionadamente, cómo si la caída del sol fuera a romper su hechizo y no hubiera ya mañana, había quien jugaba a volley playa, un hombre desaliñado, de barba poblada y descalzo, leía atentamente, sentado en un banco...y nosotros, a ratos observadores y a ratos abstraídos, nos dejábamos llevar por la magia del atardecer.



Ya de vuelta, paramos en el barrio de Punta Carretas y en el faro de Punta Brava. El faro, construido en 1876 alumbraba un saliente que se había llevado por delante a más de una embarcación. Las rocas que se adentraban en el mar no darían opción a quien se acercara por aquí en barco, tratando de navegar cerca de la costa.

El día del ñoqui tocaba a su fin pintado en naranja atardecer. Devolvimos la bicicletas a su dueño y nos tomamos una cerveza en la terraza de uno de los bares de moda de la Ciudad Vieja. Estábamos ya cansados, pero contentos de nuestra primera experiencia en El Uruguay. Por eso, y para celebrarlo, nos comimos un buena asado acompañado con vino local antes de dormir.

Camino del hotel, mientras los párpados iban tratando de cerrarnos los ojos, jóvenes vestidos de gala parecían celebrar una fiesta. Se bajaban de los taxis altos tacones y esperaban, erguidos, junto a las puertas de los locales, veinteañeros, de caballeroso porte, finamente trajeados. Era noche de sábado pequeño en Montevideo.


martes, 3 de julio de 2012

MENDIAN GORA. 24 horas y el abismo del Preikestolen


La T marca el camino
... ya habían pasado las 9 de la noche y nos disponíamos a aterrizar en el aeropuerto de Bergen. El piloto de la SAS luchaba contra el virulento viento, tratando de llevar lo más recto posible el Boeing que nos transportaba. A mi derecha una chica casi albina, escandinava, de azulísimos ojos me miraba con cara de angustia. Baje la mirada y comprobé como se agarraba lo más fuertemente posible, al menos tan fuerte como yo, al reposabrazos del asiento. Después de una constante y fuerte serie de bandazos y botes, el aparato al fin tocó tierra y todo el pasaje exhaló el aire que aprisionaba en los pulmones. Mi compañera, de pronto, lució una encantadora sonrisa de alivio. Me comentó que ella no se detenía en ésta escala sino que su viaje continuaba hasta Alesund, dónde, se había informado, la tormenta aun estaba golpeando de manera más agresiva. Le cogí de la mano y le dí ánimos antes de despedirme de ella. Veinticuatro horas exactas habían pasado desde que salimos hacia uno de los lugares más alucinantes e impresionantes del planeta, hacia el Púlpito, sobre el Lysefjord.

Bergen, en gris
Meses antes, cuando nos planteamos el poder visitar ésta zona, nos encontramos con un auténtico rompecabezas. Disponíamos de un único día, de 24 horas, del invierno Noruego de 2011, para llegar hasta el lugar que los noruegos denominan Preikestolen; el  nombrado púlpito. Teníamos que llegar de Bergen a la provincia de Rogaland, al sur del país, alcanzar nuestro objetivo bajar de nuevo y volver antes de que finalizara el día para continuar normalmente con nuestro viaje. Parecía una locura sobre el papel pero íbamos a intentarlo.

La gran mayoría de gente viaja a Noruega en verano, cuando los transportes públicos se multiplican esperando a los turistas. Casi nadie llega al país durante el invierno y aún menos pensando en hacer cosas como el trekking. Determinadas carreteras se cierran y los servicios públicos se reducen en Noviembre, a comienzos del invierno, estando ya muchas zonas del país en noche perpetua hasta primavera. Llegar a determinadas zonas de éste país, entonces, se antoja como algo de muy difícil a imposible.

Bergen, en colores
El quebradero de cabeza tenía solución. Todo pasaba por viajar en avión un día y volver al siguiente a la misma hora. Bergen-Stavanger y viceversa. De Stavanger aún nos tocaría coger un ferry, un autobús y un taxi antes de comenzar a andar. Y todo por llegar al Preikestolen. Si algo nos iba mal se nos acababa el viaje que estaríamos realizando por Noruega. Se caía nuestro castillo de naipes, se rompía el cántaro de la lechera. A pesar de haber mirado mucha información sobre cómo llegar, en mapas, webs, libros... e incluso haber contactado con oficinas locales de turismo, no llegamos nunca a tener nada claro. La información no era muy concreta y clarificadora. En verano todo hubiera sido más fácil, nos decían..." ¡ Ojalá seamos capaces de volver al aeropuerto a la hora...!"

La Norwegian
Dicen que en Bergen siempre llueve. Comenzó nuestro viaje al atardecer y, claro, llovía. Llovía mucho. Llovía mucho y además el viento soplaba con muchísima intensidad. La intensidad del viento hacia moverse al autobús que nos llevaba al aeropuerto.

Las luces que iluminaban la pista, hacían brillar el suelo y las gotas de lluvia se iban acumulando en las pequeña ventana del avión. Las mangas de viento estaban totalmente estiradas, y la cabina del avión de la Norwegian se balanceaba constantemente. A pesar de todo despegamos en hora y conseguimos aterrizar sin ningún problema media hora después.

Stavanger es la ciudad del petróleo en Noruega. Los precios de todo están por las nubes debido al desarrollo económico brutal acaecido en los últimos cuarenta años. Desarrollo pero sostenible, a pesar de la quejas de todos los locales acerca de los precios.  Todo el desarrollo va muy en la línea del pensar¡miento escandinavo y del norte de Europa. Explotan sus recursos pero a la vez no los derrochan; cuidan del medio y ganan dinero; el estado es quien garantiza y controla todo lo relativo al petróleo. Las calles están plagadas de ejecutivos de todo el mundo en viaje de negocios. Trajes, corbatas y carteras de cuero por todos lados.


Al llegar a nuestra pensión quisimos hacer acopio de víveres para la jornada del día siguiente. Agua, barritas energéticas, bocadillos...el orondo, y de aspecto abandonado, dueño se ofreció a acompañarnos hasta un supermercado cercano. Tenía un montón de latas de cerveza, vacías y aplastadas, tiradas por el coche ¡ Y ceniza! Ceniza, de los incontables cigarros que fumaba, por todos lados. Ceniza en la tapicería, ceniza en el salpicadero, ceniza en suspensión...Cuando se le iba consumiendo un cigarro ya tenía otro en la mano listo para ser encendido. En el supermercado compró, efectivamente, cerveza en lata. Solamente cerveza en lata. 

Desde la ventana de nuestra habitación no dejaba de mirar hacia la calle. No paraba de llover y habíamos comprobado de vuelta del supermercado que hacía bastante frío; también estaba cayendo la niebla. Las previsiones anunciaban nieve en zonas altas para el día siguiente. Aparte, al no conocer el camino, temíamos que pudiera tener algún paso complicado cerca de los balcones de los fiordos. Llegar hasta Rogaland y no haber podido subir hubiera sido una auténtica pena. Nos acostamos con la incertidumbre planeando sobre nuestras cabezas.

No paraba la lluvia ni el viento
Cuando cargamos nuestras mochilas, después de desayunar, el cielo había dejado de tirar agua. Parecía que íbamos a tener suerte. Todavía no había amanecido totalmente y cruzábamos, a pie, las calles de la cuarta ciudad del país. Las pisadas resquebrajaban los cristales de los charcos, los flashes, centelleaban, iluminaban a ráfagas los edificios del muelle y los ruiditos de la ingeniería de las cámaras rompían el absoluto silencio. Salimos equipados con nuestra mejor ropa de invierno, que no era otra que la que llevábamos puesta desde hacía unas 12 horas, cuando salimos de Bergen. Y es que solamente nos llevamos una mochila con pequeñas pertenencias encima para ésta ocasión.



Stavanger
 Tal y cómo habíamos previsto un ferry estaba esperando en el puerto. Era el ferry a Tau. Nos separaban 45 minutos de la otra orilla. Sólo disponíamos de unas pocas horas de luz para alcanzar El púlpito y ya habíamos consumido alguna de ellas. Por suerte, el autobús que esperábamos que estuviera a la salida del ferry también se encontraba en su lugar y nos acercó hasta a 9 kilómetros del comienzo del camino. Éste hubiera sido un lugar fantástico para comenzar la caminata si hubiésemos tenido más tiempo, pero carecíamos de él. El amable conductor del autobús al saber de nuestras intenciones llamó a un taxista local para que nos acercara al principio del camino. Apareció un hombre enorme vestido al más puro estilo rocker: de cuero y con bigote. En éste caso no llegó en moto sino en una furgoneta blanca adornada con un banderín del equipo de fútbol inglés Stoke city; sólo Dios debe conocer por qué se había hecho supporter de dicho club. Cuando nos dejó en la base convenimos una hora de recogida y se marchó.



Cruzando el charco...
...y este es el charco
El Preikestolen es un lugar de éstos que ves en fotos, en vídeos...que te encantan y no sabes ubicar. Suele pasar lo mismo con la bahía de Ha long ó los monasterios colgados de Meteora, por ejemplo. Para llegar a ver el impacto que causa en toda persona que lo descubre por primera vez sólo hace falta en cualquier buscador de Internet introducir las palabras abismo o vértigo y ver que pasa...nos costó encontrarlo; antes sólo formaba parte de nuestros sueños y en unas horas estaríamos ahí mismo. 


Las primeras rampas podrían ser las de cualquier montaña normal. Camino de tierra, piedras...seguía sin llover, por suerte. De todas maneras, las nubes manetnían su aspecto amenazador. Subimos alguna escalera de madera por el camino y pasamos por unas pasarelas que cubrían unas tierras inundadas de agua. Después, ya fue cuando llegamos a la parte más complicada de la ascensión. Se trataba de un muro de piedras, enormes, amontonadas unas encima de otras. Ninguno de los dos nos libramos de caernos. El musgo y la humedad pegadas a la piedra, sobre todo en las zonas sombrías, hicieron que nos fuéramos al suelo en más de una ocasión. Todo quedó en algún rasguño y unos moratones sin importancia.

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La zona más complicada...
Una vez superada la zona de rocas alcanzamos prácticamente, la que iba a ser la altura máxima. A partir de ahí todo se convirtió en un sube y baja constante. Poco a poco el camino nos fue acercando al borde del fiordo de la luz, el Lysefjord, un fiordo de cuarenta y dos kilómetros de largo. Nosotros charlábamos de nuestras cosas esperando a que llegara el gran momento mientras una fina cortina de nieve nos caía encima. De pronto, los rayos de sol se sumaron al espectáculo colándose entre las nubes. Daban un toque místico al momento en el que iban apareciendo delante de nosotros los primeros acantilados. Ya teníamos bastante claro que íbamos a alcanzar nuestro objetivo, y no sólo eso, también teníamos bastante claro que habíamos tomado una estupenda decisión habiendo venido hasta aquí. Comenzamos a sacar una sonrisa nerviosa en nuestras caras.

Fina cortina de nieve
Sale el sol
El púlpito, o Preikestolen, en Noruego, es una gran roca  granítica sujetada, casi milagrósamente, por la montaña a 600 metros de altitud sobre el nivel del Lysefjord. Ésta estructura se formó durante la edad del hielo, hace unos 10.000 años, esculpida a golpes por el glaciar que pasaba por delante de éstos despñaderos. Hoy ya no existe tal glaciar pero su obra nos ha quedado para ser contemplada, no eternamente, porque la roca caerá algún día vencida por el peso y los procesos geológicos, pero si al menos para ser visitada y admirada durante un buen montón de miles de años. Mientras le queden fuerzas, éste tesoro de la naturaleza se agarrará a su altar con todas sus energías.


PreikesTolen
Nos tumbamos en el suelo y nos fuimos arrastrando hasta el mismísimo borde de la azotea. Mucha gente debe actuar así para no despeñarse casualmente debido a alguna inoportuna fuerte racha de viento. La poquita nieve que había pintado el suelo, nos mojó la ropa, pero para entonces ya no notábamos nada pues nos habíamos quedado imnotizados por el espectáculo que teníamos ante nuestros ojos. Parece realmente que Dios te deja un sitio a su lado y desde el púlpito, majestuoso, disfrutas de un espectáculo en azul, gris y verde. Dudamos en venir, nos costó, pero mereció la pena al ver y sobre todo sentir todo aquello. A partir de aquí nada más pueden describir las palabras. Disfrutar de la brisa que corre libre sobre los fiordos con medio cuerpo flotando en el aire se consigue yendo allí...


Lysefjord

El taxista llegó puntual a su cita y el ferry de vuelta a Stavanger también. Ahora si que notábamos la ropa mojada. Al lado de mar, el viento cargado de humedad, se nos estaba clavando como un cuchillo. Un chico Africano, del África tropical, que había vivido en España, nos explicó, en perfecto castellano, cómo se siente en éstos días de invierno una persona venida del sur: " En Noruega dinero sí, vida no..." Su blanca sonrisa nos contagió y nos  hizo olvidar el pequeño mal rato vivido esperando al ferry. Con la satisfacción de haber conseguido lo que anhelábamos nos paramos en un café Francés cercano al puerto a reponer energías; nos habíamos destemplado. Al salir callejeamos hasta llegar a la parada de autobús del aeropuerto y dejamos atrás la ciudad del petróleo.

En la terminal de salidas el viento pedía a golpes entrar dentro. No encontraba hueco, al menos por el momento. Parecía que la tormenta, que nos había respetado por unas horas, volvía a cebarse con el país de los fiordos. Pegados a nuestros teléfonos móviles e internet aguantamos las dos horas de retraso, debido a las condiciones meteorológicas adversas, y al final la torre dio permiso para volar. Estaba un tanto ansioso, el vuelo no iba a ser cómodo, estaba claro. Cerré los ojos y traté de confiar en las probabilidades ( Si nunca me toca la lotería, ¿ Por qué va la tormenta a derribar mi avión? ¿ Sólo el mío?). Las turbulencias no fueron para tanto, al principio del vuelo, pero según íbamos acercándonos a nuestro destino se fueron intensificando. Abrí un ojo y alcancé a ver la hora en mí reloj,...